Poco a poco hizo rodar su
silla de ruedas hacia el espejo.
“Creo que te mereces la verdad”.
Su corazón comenzó a acelerarse.
“¿Qué verdad?”
Se acercó detrás del cuello.
Y sus dedos temblorosos tocaron algo que nunca había notado antes.
Una cremallera oculta.
Clara se congeló.
“¿Qué… es eso?”
Don Baste la miró.
“La razón por la que el mundo cree que me conocen”.
Lentamente…
Muy despacio…
Él bajó la cremallera.
Clara dio un paso atrás.
Su mano se cubrió la boca.
Porque la persona que estaba delante de ella no era el hombre que todos llamaban el “Millonario del Cerdo”.
Las cicatrices falsas.
El peso artificial.
Toda la apariencia que había llevado durante años…
Todo era un disfraz.
Y debajo de ella estaba un hombre que Clara solo había visto en los sueños.
Un hombre alto y guapo con una cara que pertenecía a las portadas de las revistas.
El mismo hombre que había
desaparecido de la vida pública hace años.
El heredero multimillonario que todos creían que estaba muerto.
Clara no podía respirar.
“¿Quién… eres?”
La miró con lágrimas en los ojos.
“Mi verdadero nombre es Sebastian Montemayor”.
Una pausa.
“Y durante diez años, me escondí del mundo porque necesitaba saber si alguien podía amarme sin conocer mi cara”.
Clara lo miró en estado de shock.
De repente todo tenía sentido.
Los rumores.
La silla de ruedas.
La crueldad.
La prueba.
Todo había sido una máscara cuidadosamente creada.
Y ahora, de pie frente a ella, estaba el hombre detrás de esto.
Pero antes de que Clara pudiera decir algo, Sebastian susurró:
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